domingo, 5 de septiembre de 2010

Lo poético y lo prosaico (Luis Tejada)

Desde épocas inmemoriales, los poetas habían resuelto absurdamente dividir el universo en dos partes iguales: la parte poética y la parte prosaica; pequeña, admirable y considerable la una. Y grande, fea y despreciable la otra.

Y había cosas poéticas y cosas prosaicas: una rosa sobre un muro viejo, era algo singularmente poético; pero una zanahoria sobre el mismo muro, venía a ser detestablemente prosaica. Una pálida muchacha asomada por la tarde a la ventana, constituía la imagen más poética; pero no lo era, por ejemplo, un hombre con paraguas. Era bello decir: "la vaca de los ojos claros", pero no lo era decir: "esa vaca tiene las orejas grandes". Y había también actitudes poéticas y actitudes prosaicas; estar con los ojos torcidos hacia arriba, el cabello arremolinado y la mano sobre el corazón, era extraordinariamente poético; pero no lo era, y sí muy prosaico, estar caído de bruces en una zanja.

Pero había algunos casos especiales en que las diferencias introducidas por los poetas asumían un carácter realmente sorprendente, por lo absurdo; el oro, por ejemplo, no era admisible para los poetas, sino considerándolo en abstracto o aplicándolo en un sentido simbólico: podía decirse: "cabellos de oro, estrellas de oro, corazón de oro"; pero en cuanto el oro, en su aspecto de artículo de cambio, empezaba a relacionarse con el comercio, ya los poetas principiaban también a detestarlo, a considerarlo como la cosa más prosaica del mundo: un billete, aunque estuviera fuertemente respaldado por áureas barras apiladas en los sótanos del banco, era algo abominable, indigno de incluirse no digo ya en el verso, pero ni siquiera en el bolsillo de un poeta. Toda profesión productiva, todo lo que se relacionaba directamente con el dinero, era despreciado con altivez por los poetas; e igualmente despreciaban a los desgraciados que se dedicaban a acaparar esa vil cosa sucia, que es el dinero; decirle millonario a un individuo, era el colmo de la ofensa a que podía recurrir un poeta; con eso querían significar a un pequeño ser gordo y afeitado, con gruesos anillos en los dedos; a un horrible ente perfectamente prosaico, incapaz de comprender todo lo que puede haber de poético en la rosa sobre el muro derruido o en la pálida muchacha frente al crepúsculo.